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"¿Fascista, la lengua?"

«La lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista; es simplemente fascista».

Relectura de la lección inaugural de Roland Barthes
en el Collège de France (7 de enero de 1977)1

Nos gustaría hablar de la lección inaugural pronunciada por Roland Barthes en el Collège de France el 7 de enero de 19772.

Fue en esta comunicación donde Roland Barthes describió la lengua, como ejecución de todo lenguaje, simplemente como fascista, porque «el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir».

No seremos tan deshonestos como para ceñirnos a esta formulación y sacarla de contexto.

Se trata más bien de un intento de interpretar, o reinterpretar dicha comunicación, que contiene pepitas de oro, mostrando cómo esta declaración iconoclasta, provocadora y un tanto escandalosa, a la luz del texto que sigue significa justo lo contrario de lo que entendemos cuando la sacamos de contexto, y por qué la lección inaugural es interesante desde el punto de vista del plurilingüismo.

Como de costumbre, se hablará mucho de palabras y de interpretación.

Empecemos por obligar.

El código de circulación de Francia y de muchos otros países obliga a los conductores a circular por la derecha y no por la derecha o la izquierda, y posiblemente a detenerse ante una señal de alto antes de continuar la marcha. ¿Se diría que el código de circulación es fascista? Si está prohibido prohibir, entonces la prohibición de matar es claramente abusiva, a pesar del primero de los diez mandamientos.

El problema es la regla. Barthes lo expresa sin ambages: «El lenguaje es una legislación, la lengua es su código». Aún podemos discutir los términos.

De hecho, según Barthes, el problema es el poder: «Hablar, y con mayor razón discurrir, no es comunicar, como se repite con demasiada frecuencia, es subyugar: todo lenguaje es una rección generalizada».

«En cuanto se profiere, incluso en la más profunda intimidad del sujeto, la lengua entra al servicio de un poder. En ella surgen inevitablemente dos rúbricas: la autoridad de la afirmación y el gregarismo de la repetición [...] En cuanto enuncio, estas dos rúbricas se unen en mí; soy a la vez amo y esclavo: no me contento con repetir lo dicho, con habitar cómodamente en la servidumbre de los signos: digo, afirmo, confirmo lo que repito... En la lengua, pues, servilismo y poder se confunden ineluctablemente».

Sin un esfuerzo interpretativo, se podría inferir fácilmente que ocupar una cátedra en el Collège de France es también una empresa de servidumbre y que el auditorio constituye una multitud gregaria. Y podríamos sorprendernos de que Roland Barthes haya podido exponerse a semejante contradicción. Si, en efecto, «solo puede haber libertad fuera del lenguaje», la única respuesta filosóficamente defendible sería el silencio; pero como no lo hace, un esfuerzo interpretativo es necesario.

¿Qué significado puede tener una frase que se contradice nada más pronunciarla?

El poder, un hecho universal

¿Debemos verlo como una postura, un recurso estilístico, un guiño cómplice al famoso eslogan de Mayo del 68 «Está prohibido prohibir», o por el contrario como una forma sumamente inteligente de demostrar su vacuidad?

En materia de marketing editorial, a veces encontramos joyas como Por qué el mundo no existe3, el título de un libro publicado en 2014 por el joven filósofo alemán Markus Gabriel, que parte de una sencilla idea fundamental: el mundo no existe. Pero «como verá [dice], esto no significa que no exista absolutamente nada. Nuestro planeta existe, mis sueños, la evolución, la descarga de los inodoros, la caída del cabello, las esperanzas, las partículas elementales e incluso los unicornios en la Luna, por citar solo algunos ejemplos. El principio que enuncia que el mundo no existe implica que todo lo demás sí existe. Así que ya puedo insinuar que voy a afirmar que todo existe excepto el mundo». En pocas palabras, el mundo existe, pero no es lo que generalmente se cree, lo cual es fácil de entender.

Estamos, pues, ante una manipulación retórica y semántica que corresponde al procedimiento utilizado por Roland Barthes en su lección inaugural. Esto es lo que conviene examinar con más detalle.

En primer lugar, habría que aclarar el concepto de poder.

Que la lengua confiere poder es una certeza. Hoy nadie puede ponerlo en duda. ¿Acaso el último libro de Barbara Cassin no lleva el hermoso título de Ce que peuvent les mots (Lo que pueden las palabras)4?

Conviene reflexionar un poco sobre la noción de poder.

Nos gustaría definir mejor la distinción entre potencia, poder, dominación y opresión.

La potencia, en el sentido nietzscheano, o el impulso vital, según Bergson, es la realidad primaria. En la mónada de Leibniz encontramos un eco lejano. Para salir de lo humano, el árbol es la encarnación misma de la potencia.

El poder deriva de la relación entre los hombres y, como todo ser vivo, entre el hombre y su entorno. Como el hombre es un ser social, esto no es un descubrimiento, la potencia nunca o casi nunca aparece en él en estado puro. Pero es verdaderamente universal.

Reflexionemos, por ejemplo, sobre el hecho de que el árbol, que es una hermosa manifestación de potencia, también ejerce poder sobre el hombre. Si no está convencido, consideremos la importancia que ocupa el mito del árbol y el bosque en la literatura. Y los árboles mantienen relaciones de poder entre sí, algunos se desarrollan en detrimento de otros.

La relación de poder es, por tanto, universal, y da lugar sistemáticamente a un efecto de dominación implícito en la asimetría de poder.

La dominación, por construcción, un fenómeno asimétrico

La asimetría es una propiedad plural y, en algunos aspectos, mensurable, que confiere a los efectos de dominación todas sus características.

No es necesario aquí un estudio en profundidad. Bastarán algunos comentarios.

La asimetría puede no ser duradera ni permanente.

En un debate político o en un partido de fútbol, las asimetrías se alternan y, al final, el vencedor es el que consigue más puntos. En economía, la competencia pura y perfecta es puramente teórica; la realidad del mercado está inextricablemente ligada a relaciones de dominación que la ley intenta corregir, de formas muy diferentes según la situación. En el mercado laboral, la empresa o el empresario son dominantes por naturaleza y el objetivo del Derecho laboral es compensar (más o menos) el desequilibrio, pero el trabajador también necesita el trabajo que se le ofrece y tiene interés en el éxito de la empresa.

La asimetría puede ser específica y parcial. Se puede dominar en un área y ser dominado en otra. Alguien puede ser líder en su trabajo, pero rezagado en su relación de pareja. Otro, brillante en matemáticas, pero pésimo en literatura. Las asimetrías pueden ser complementarias y fomentar la cooperación. Fulano es innovador y mengano un buen vendedor. El artista escénico no se improvisa y necesita asesores y colaboradores para conquistar (dominar) su público.

En todos los casos, existe una combinación entre la pura potencia o la creatividad por un lado, y la dominación pura, por el otro. El verdadero artista busca primero la excelencia en su arte, tal y como él lo concibe. El reconocimiento del público puede llegar o no. Pero es secundario con respecto a la creación.

La asimetría puede llegar a ser acumulativa para una misma persona y un determinado tipo de población, en términos positivos y negativos. El concepto de interseccionalidad o interseccionalismo (acuñado por la académica afrofeminista estadounidense Kimberlé Williams Crensshaw en 1989) se conocía mucho antes de que cruzara el Atlántico y se analiza como una acumulación de desventajas para un grupo en la sociedad. Así, la dominación puede llegar a ser tóxica, explotación u opresión. Pero lo importante aquí es abordar el fenómeno del poder en su conjunto.

Del mismo modo, todos los hechos lingüísticos están atravesados por fenómenos de potencia y poder.

El «pienso, luego existo» de Descartes5 puede transformarse fácilmente en «hablo, luego existo», haciendo Descartes del lenguaje, y más precisamente del habla, el rasgo distintivo del hombre y la revelación de un pensamiento en su interior. Para Platón, como para Aristóteles, «el pensamiento y el discurso son una misma cosa, solo que al discurso interior que el alma mantiene en silencio consigo misma se le ha dado el nombre especial de pensamiento»6. Esto significa, en primer lugar, que la lengua no es solo, ni principalmente, un medio de comunicación. Tampoco tiene la exclusividad del pensamiento. Ernst Cassirer teorizó el lenguaje, las artes, la ciencia, la tecnología y la historia como formas simbólicas7, todas ellas mediadas en parte por el lenguaje.

En cuanto aparece el lenguaje como medio de comunicación, se establece una relación asimétrica, tanto a nivel individual como colectivo.

Sería deseable que los lingüistas, al analizar los intercambios interlingüísticos en forma de préstamos, se alejaran de la ingenuidad.

Repensar los préstamos lingüísticos

Podemos suscribir sin reservas la frase de Du Bellay: «No es vicioso, sino muy loable, tomar prestadas frases y palabras de una lengua extranjera y adaptarlas a la propia».

La tendencia a utilizar cada vez más anglicismos no es nueva, pero en la época de la covid se produjo una oleada de vocabulario sorprendente. No es posible diseccionarlo en este editorial, pero otros lo han hecho en otros lugares. Mencionemos solo la aparición de la palabra cluster, que se debe sencillamente a que los científicos, que se comunican principalmente entre sí en inglés, utilizan esta palabra banal y polivalente para designar los focos de contaminación y piensan que todos los demás deberían hacer lo mismo. Y las personas cultas, los ministros en primer lugar, se apresuran a utilizarla por miedo a ser considerados estúpidos, anticuados o poco modernos.

Del mismo modo, para asegurar el seguimiento de los casos de contacto, se impuso la palabra tracing, y solo hemos encontrado un texto científico sobre el tema escrito en francés y que utiliza la palabra suivi (seguimiento). Traçage (rastreo) también podría servir.

En situaciones ideales, y probablemente las más frecuentes históricamente, el préstamo puede considerarse un proceso natural de enriquecimiento que tiene lugar a través de distintos canales. Ferdinand Brunot y Charles Bruneau, en su Précis de grammaire historique de la langue française8 , distinguieron entre préstamos necesarios y préstamos de lujo. Esta idea de préstamo de lujo tiene generalmente una connotación positiva porque el préstamo de lujo siempre se origina en la lengua que lo recibe, es decir, los hablantes van a buscarlo, y puede aparecer como un enriquecimiento. Salvo que el hablante que hace este préstamo de lujo en realidad esté intentando afirmar una superioridad, lo que será interpretado por los demás como esnobismo y sumisión inútil. Además, el uso suele acabar por clasificar y descartar los préstamos innecesarios. Esto es cierto en parte, pero es una visión simplista.

Demasiados lingüistas se refugian hoy en día en esta visión idílica de los intercambios interlingüísticos. Junto a los préstamos necesarios y los préstamos de lujo, existe un tercer tipo, los préstamos de dominación.

Tove Skutnabb-Kangas presentó su teoría del intercambio lingüístico en el 1.er Encuentro Europeo sobre Plurilinguïsmo, celebrado en París en 2005. «Cuando las “grandes” lenguas se aprenden de forma sustractiva (a expensas de la lengua materna) en lugar de aditiva (además de la lengua materna), se convierten en lenguas asesinas. Ser una lengua asesina NO es una característica de una lengua. Es un modo de relación: una cuestión de cómo funciona una lengua en relación con otras lenguas. Cualquier lengua puede convertirse en una lengua asesina en su relación con otras lenguas. Pero las lenguas no matan a las demás. Son las relaciones de poder entre los hablantes de las lenguas los factores decisivos de las relaciones desiguales entre las lenguas, que hacen que las poblaciones de los grupos dominados aprendan otras lenguas de forma sustractiva, en detrimento de las propias». Lo que se aplica a la educación se aplica, naturalmente, a la comunicación.

Saber si el intercambio es predominantemente sustractivo o aditivo exigiría estudios en profundidad y justificaría decenas de tesis.

Parafraseando a Saussure, de lo que estamos hablando aquí es de la doble esencia del lenguaje, potencia y poder a la vez9.

Así que la condena total del poder en tanto que poder para condenar la lengua que es su expresión primaria (¡en el principio era el verbo!) es bastante desconcertante, pero todos los desarrollos que siguen en la lección inaugural parecen adoptar el punto de vista opuesto. Y ahí es donde la lección cobra todo su sentido.

En primer lugar, hay que señalar que Roland Barthes es consciente de su propia contradicción al evocar «el discurso [el suyo] atrapado en la fatalidad de su poder», y los argumentos que encuentra, evocando al niño que juega y va y viene alrededor de su madre, son bastante conmovedores si no convincentes. Para nosotros, la explicación es sencilla. En todo discurso, en toda obra, en toda acción, hay un componente de potencia, y un componente de poder. La creación no necesita poder; solo viene por añadidura, y a menudo sin siquiera haberlo buscado.

Seguimos sin entender cómo es posible condenar la lengua en el absoluto y, al mismo tiempo, alabar la literatura y otorgarle un papel principal en la vida de la mente.

La cuestión es el código

La cuestión es el código. Para algunos, incluso para muchos, la doxa o el sentido común, la lengua es un código. Incluso hay formulaciones eruditas.

Si una lengua natural (aquí solo hablamos de lengua natural, es decir, un lengua hablada por personas) fuera un código, podríamos decir que el código de circulación es una lengua. Hablamos de lenguaje matemático en lugar de lengua matemática por la sencilla razón de que las matemáticas no pueden definirse a sí mismas. Necesita una lengua natural para definirse. Esta es también la razón por la que la Base Común de Conocimientos, Capacidades y Cultura de 2015, que define los grandes retos de la educación durante la escolaridad obligatoria, se refiere en su primer ámbito a los lenguajes para pensar y comunicarse en lugar de a las lenguas, y proporciona una lista de ellos: «este ámbito tiene por objeto la enseñanza de la lengua francesa, de las lenguas extranjeras y, en su caso, regionales, de los lenguajes científicos, informáticos y mediáticos, así como de los lenguajes de las artes y del cuerpo».

Sin embargo, es lamentable que la lengua materna (o la lengua de escolarización de los alumnos cuya lengua materna no es el francés) figure en una lista no jerarquizada de lenguajes. Huelga decir que, para enseñar y aprender matemáticas y todas las asignaturas que se imparten en el colegio, es necesario haber adquirido un dominio suficiente de la lengua francesa en Francia. Lo contrario no es cierto. No se puede aprender francés con las matemáticas.

Por tanto, está claro que la lengua materna (o la lengua de escolarización) debe ocupar una posición específica en una base común que no se reconoce en la de 2015. Además, la Base se cuida de no definir qué se entiende por lengua.

La realidad es que una lengua no existe sin un corpus, que es todo lo que se ha dicho y escrito, y lo que se dice y escribe en esa lengua. La lengua es un medio vivo que lleva la marca de las innumerables experiencias individuales y colectivas que conforman la historia de una sociedad. Las lenguas no son esencias, sino realidades sociales.

Esta distinción entre código y lengua es absolutamente fundamental.

¿Se imagina la música reducida al solfeo? Pero la música apenas existiría sin solfeo, como una lengua sin gramática.

Porque creemos que la lengua es un código, creemos que puede existir una única lengua. Utilizamos el verbo creer porque de lo que se trata aquí es de pura creencia y no de un concepto científico. Es una mitología en el sentido de Roland Barthes.

No podemos negar que Roland Barthes escribió: «El lenguaje es una legislación, la lengua es su código» y que «las palabras ya no se conciben ilusoriamente como meros instrumentos, se lanzan como proyecciones, explosiones, vibraciones, maquinarias, sabores: la escritura convierte el saber en una fiesta».10

¡Viva la literatura!

Estas dos afirmaciones son, de hecho, contradictorias, y esta contradicción debe ser desentrañada. Está muy claro que Barthes no arremete contra la lengua en sí, sino a una determinada concepción o manera de abordar o utilizar la lengua. Y cuando prosigue diciendo que «el texto contiene en sí la fuerza de huir de la palabra gregaria (la que agrega) incluso cuando busca reconstituirse en ella»11 , se sitúa en otra concepción que no quiere nombrar, porque quiere escapar a las restricciones de la clasificación. Pero en realidad no puede. Así que «el objeto de la lingüística», dice, «no tiene límites: la lengua, según la intuición de Benveniste, es lo social mismo».12

Puesto que el texto no puede estar fuera de la lengua, el asunto está zanjado: ¡las lenguas son una fiesta!

1La idea de este editorial surgió de un intercambio con un miembro del público en una conferencia celebrada en Blois el 26 de septiembre de 2023.

2Leçon, Roland Barthes, Ed. Du Seuil, Points, 1978, 46 p.

3Pourquoi le monde n'existe pas, Markus Gabriel, traducción francesa Lattès, 2014, 302 p.

4Ce que peuvent les mots, Barbara Cassin, Bouquins éditions, 2022.

5Lo que da una dimensión individual a «Todo lo que debe ser establecido por el lenguaje pertenece al pensamiento» (Poética 1456b), citado por Julia Kristeva (Le langage cet inconnu, Le Seuil, Essais, 1981, p. 115).

6Sophiste, 263

7Philosophie des formes symboliques, T.1, Lenguaje, Ernst Cassirer, Common Sense, 1972

8Masson, 1949 (3e édition).

9Para Saussure, el dualismo profundo que divide la lengua no reside en el dualismo sonido-idea. Este dualismo reside en el fenómeno vocal COMO TAL (hecho físico, objetivo) y el fenómeno vocal COMO SIGNO (hecho físico-mental (subjetivo), siendo ambos inseparables. Cf. Les écrits de linguistique générale, de Ferdinand de Saussure, texto compilado y editado por Simon Bouquet y Rudolf Engler, Gallimard 2002, p. 20.

10Leçon, Roland Barthes, Ed. Du Seuil, Points, 1978, p. 20.

11Ibid, p. 34.

12Ibid. p. 29.