En una cena-debate muy enriquecedora, mi interlocutor me preguntó qué entendía por plurilingüismo. Respondí con la definición más extendida: la capacidad de una persona para usar de manera adecuada al menos otra lengua además de la materna. Sin embargo, esa explicación me pareció insuficiente y recordé entonces una conferencia que Heinz Wismann ofreció en Bruselas en 2008, donde señaló que si una lengua pudiera decirlo todo, no necesitaríamos la diversidad de lenguas; con una sola bastaría. Esa reflexión filosófica me acompaña desde entonces, incluso desde el primer Encuentro Europeo del Plurilingüismo celebrado en París en 2005. Y es también el hilo conductor del libro que acaba de publicar el OEP, De Babel à l'IA – Écrits sur le plurilinguisme (De Babel a la IA : escritos sobre el plurilingüismo)
La idea de que ninguna lengua puede pretender abarcarlo todo conduce inevitablemente a otra: la atención hacia el otro, hacia lo que es, piensa y expresa, siempre desde la relatividad de los puntos de vista. Puntos de vista que no borran la realidad. Y relatividad que no significa relativismo absoluto.
Puede sonar a una obviedad, pero la realidad diaria, en los comportamientos individuales y en las relaciones internacionales, demuestra lo contrario.
«La verdad es lo que yo creo». Si uno examina con atención las declaraciones privadas y públicas, ya provengan de personas anónimas, de figuras públicas o incluso de jefes de Estado, hasta llegar al de la primera potencia mundial, se percibe con claridad lo extendida que se encuentra esta actitud, que suele adoptar dos formas extremas: «Lo que yo creo es La Verdad y no existe otra» (algo que repiten casi todas las religiones) o «Cada cual tiene su verdad». Entre el absolutismo y el relativismo absoluto hay que aprender a navegar.
El espíritu científico ha perdido parte de su grandeza porque se llegó a creer que la realidad tenía límites y que algún día podríamos comprenderlo todo. No es así. La realidad existe, pero el mundo no existe en el sentido de ser un conjunto finito por descubrir. La realidad es, más bien, una búsqueda constante a la que tratamos de acercarnos. El auténtico espíritu científico es humilde. Y como la Verdad es un ideal inalcanzable, solo podemos aproximarnos a ella mediante la investigación y el razonamiento.
La educación, en su esencia, debería transmitir precisamente esa actitud.
De ahí se deriva un principio fundamental: las lenguas merecen un respeto profundo.
No son solo instrumentos de comunicación, aunque lo sean en parte. También son el fruto del encuentro del ser humano con su entorno natural, físico y social, y el reflejo de la infinita variedad de experiencias humanas. Wilhelm von Humboldt hablaba de «visión del mundo» para referirse a lo que encierra cada lengua. Porque cada una es también una cultura, y la diversidad lingüística es inseparable de la diversidad cultural.
Ya no estamos en tiempos de los griegos, cuando bárbaro era aquel que no hablaba su lengua. ¿Pero bárbaro quería decir realmente salvaje? Nada más alejado de la realidad. ¿Acaso Alejandro no se encontró en su camino con grandes civilizaciones?
Respetar las lenguas no significa conocerlas todas, pero sí estar dispuesto a aprenderlas cuando sea necesario o útil. Puede hacerse por razones prácticas, pero también por la riqueza que supone descubrir un universo nuevo y transformar radicalmente la relación con los demás. El nivel de exigencia es variable: desde unas palabras básicas hasta el acceso a costumbres y literatura.
Llevemos esto al plano internacional. ¿No empieza la diplomacia por conocer al otro? ¿Y la estrategia militar, por comprender al adversario?
Los términos existen: el culto al poder por el poder se llama imperialismo o unilateralismo. La apertura al otro y el equilibrio de intereses se llaman diálogo y multilateralismo.
¿Qué significa esto en el ámbito de las instituciones internacionales y europeas?
En la Unión Europea, pese a los tratados, conviven un unilingüismo práctico dominante con un multilingüismo más simbólico que real. Es imprescindible transformar las prácticas y la imagen que proyecta Bruselas.
En el terreno económico, el valor del plurilingüismo empieza a reconocerse. Hoy el inglés como lengua franca resulta indispensable, desde el pequeño comercio hasta la dirección de empresas. Pero la capacidad de sumar a ese idioma una competencia suficiente en la lengua del país donde se vive o trabaja es una ventaja que gana reconocimiento. Y hay más: los saberes profesionales locales deben circular en diversas lenguas, y a la vez los conocimientos externos deben adaptarse e integrarse en las dinámicas internas. A esto se le llama lingüística del desarrollo, lo cual no es solo una labor académica, sino también una disciplina práctica que forma parte de las dinámicas locales. Un plurilingüismo en acción.
Sigamos con el ámbito de la investigación y la ciencia. Durante demasiado tiempo se ha pensado que la investigación sigue un proceso de progreso lineal. Que el progreso existe, nadie lo pone en duda. Pero no avanza en línea recta: se progresa en unos aspectos y se retrocede en otros. Además, el progreso no es absoluto; puede tener también consecuencias negativas. Todo esto es bastante obvio, pero no basta. Es necesario que estas ideas se asuman colectivamente, y aún estamos lejos de lograrlo. Sin embargo, de esa comprensión depende el avance futuro. Y no es todo. Además, la ciencia no puede expresarse en una sola lengua. El unilingüismo genera sesgos en la producción científica. En las ciencias humanas, esto es evidente: el hallazgo reciente de textos no escritos en inglés en Australia ha permitido comprender mejor los orígenes y la historia de la Australia moderna. Lo mismo ocurre en las llamadas ciencias duras, porque se ha comprobado que la creatividad científica no surge en la lengua franca, sino en las lenguas maternas, que llevan en sí mismas las culturas que las vieron nacer y desarrollarse. De ahí el amplio movimiento actual a favor de una «ciencia abierta», es decir, una ciencia que no niega, sino que se apoya en la diversidad lingüística. Es imprescindible promover una investigación plurilingüe.
Y no hay que temer hablar de dominación; no es una palabra prohibida.
Cuando uno crea algo, ejerce inevitablemente una forma de dominio, aunque no sea consciente de ello, y aunque la palabra pueda causar rechazo. La dominación forma parte de la naturaleza misma de las cosas. No tiene sentido oponerse a ella por principio, pero es cierto que adopta formas tóxicas cuando se convierte en un fin en sí misma. También puede decirse que aporta una dinámica positiva esencial, al tiempo que revela nuestras vulnerabilidades. Lo importante es saber valorarla y equilibrarla. Esta delicada complejidad será uno de los ejes que se analizarán y construirán en la 7.ª edición del Encuentro Europeo del Plurilingüismo, organizado por el OEP, y que tendrá lugar en en París del 20 al 22 de mayo de 2026.
Para concluir, todo lo dicho debe tener una traducción en el ámbito político. Es necesario identificar, cuando existan, las políticas lingüísticas explícitas o implícitas; analizarlas, criticarlas, promover aquellas que fomenten la diversidad y el respeto por las lenguas; defender las lenguas europeas frente a una anglización invasiva, sin dejar de reconocer al mismo tiempo el valor dinamizador de los préstamos lingüísticos, vengan de donde vengan. Esa es la misión del OEP.
En este texto hemos evitado deliberadamente incluir referencias y citas, por la simple razón de que serían demasiadas.
Vale la pena destacar, sin embargo, la originalidad de la forma de nuestro libro De Babel à l'IA – Écrits sur le plurilinguisme, que combina el ensayo con la antología. Reúne a numerosos autores, antiguos y contemporáneos, muchos de ellos aún activos, para dialogar en torno a un gran tema común a través de capítulos que funcionan como variaciones sobre un mismo motivo. Retomo aquí las palabras de nuestro querido amigo Pierre Judet de La Combe: «Este libro es una auténtica suma teórica e histórica. Es magnífico». Efectivamente, no se puede dejar de reconocer las múltiples raíces filosóficas e históricas del plurilingüismo, comprender que la diversidad es un estado insuperable del mundo, y extraer de ello todas sus implicaciones. El libro desarrolla este concepto en su formulación moderna, tal como lo planteó el Consejo de Europa, y explora sus dimensiones políticas, geopolíticas, educativas, científicas, literarias y poéticas, con la traducción y el plurilingüismo como hilos de cohesión.
El plurilingüismo cuenta ya con una bibliografía importante y goza hoy de una fuerte presencia en el ámbito académico. Aun así, muchos autores de gran valía no figuran en esta obra, ya de por sí extensa, y les ofrecemos disculpas por ello. De cualquier modo, volveremos a encontrarnos, porque aún queda mucho por hacer para llevar el plurilingüismo del mundo de la investigación a la vida cotidiana y lograr que llegue a quienes toman decisiones en todos los ámbitos.
Christian Tremblay