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Leer Villers-Cotterêts entre líneas

Se trata, por supuesto, de la Cité internationale de la langue française (Ciudad Internacional de la Lengua Francesa, CILF), y el título está inspirado en el magnífico libro de Heinz Wismann Lire entre les lignes, que recomiendo especialmente1. Este será nuestro hilo de Ariadna en ese monumento que es la CILF. La ambición es inmensa, y concierne no solo al pueblo francés, sino también, y sobre todo, a quienes fuera de Francia comparten esta lengua. Villers-Cotterêts debe considerarse una obra en sí misma, que se presta a tantas lecturas como visitantes y lectores tenga el libro que la acompaña: Le livre d'une langue2. Como señala Xavier North al principio, este libro no es en modo alguno el libro oficial de una exposición y, sin embargo, es inseparable de la Cité, que quisiera ante todo no ser un museo, sino una ciudad viva.

Los franceses tienen fama de tener cierta sensibilidad lingüística, pero podríamos encontrar algunas sorpresas al conocer qué representaciones se hacen de la lengua francesa y qué representaciones tienen de ella antes y después de haber visitado la Cité, en función de si han pasado dos horas deambulando por ella a paso ligero, como buenos turistas —lo que no sería una exposición permanente—, o si han pasado diez veces dos horas meditando sobre ella, quizás para encontrar la pepita en la que algunos no habrán reparado pero que abre un abismo de reflexión.

No viene al caso aquí describir lo que allí vimos, o creímos ver, en dos visitas de dos horas cada una, y otras tantas navegando por la web, que es muy poco.

Pero ahora tenemos algunas claves que nos permitirán continuar la investigación con provecho.

La lengua francesa y el mundo

He aquí un punto de partida: ¿qué dice esto sobre la relación entre la lengua francesa y Francia, y entre la lengua francesa y el mundo? Francia está a la vez ausente y omnipresente por la fuerza de las circunstancias, mientras que el mundo está presente por la fuerza de la lengua francesa, y a la vez omniausente. ¡Qué extraña sensación!

Lo primero que llama la atención es la inmensa biblioteca situada en el centro de la primera sala, del suelo al techo, que no es más que un pequeño atisbo de un inmenso patrimonio literario, científico y filosófico.

Sería inútil buscar una estadística, pero ese patrimonio que se invita a explorar a merced de sus sueños e impulsos, es ante todo de Francia, pero no exclusivamente. También sentimos atracción por las sutilezas casi infinitas de esta lengua, transmitida por una variedad de artistas y humoristas que, es fácil comprobarlo, no proceden todos de una larga estirpe de raíces francesas. Esta sensación se refuerza en la sala contigua, donde francófonos de todo el mundo hablan de sus experiencias con la lengua francesa, y aún más en esta otra gran sala donde se puede descubrir la historia de las palabras.

Aquí estamos frente a la lengua francesa como lengua-mundo, y la grandeza o el mérito de quienes imaginaron, desearon e idearon la CILF es el haber comprendido que cuando hablamos de francés, hablamos
de una lengua hablada en todo el mundo y hablamos del mundo.

La lengua francesa es muy acogedora, y se ha nutrido de un sinfín de influencias de todo el mundo, desde la Antigüedad hasta nuestros días. ¡Qué extraño! La lengua francesa tendría algo que ver con la Antigüedad, mucho antes de que Francia existiera como nación.

¡Qué gran tema!

Pero casi nos perdemos una sala en la que el tema es la colonización y África en particular. Recomiendo a los futuros visitantes que escuchen el vídeo del gran filósofo senegalés Souleymane Bachir Diagne y que
lean su artículo «La francophonie, c'est le pluriel des langues» en Le livre d'une langue, y ya que estamos, que sigan en el mismo libro —que no es el del museo— con Le roi des griots est un zèbre, de Hassane Kassi Kouyaté, recogido por Xavier North. Se sentirá transportado y empezará a entender el francés en África. Por cierto, ¿saben los franceses que África cuenta con la mitad de los francófonos del mundo? Permítanme. Estoy soñando. He dicho que el mundo está presente, pero omniausente, en el sentido de que no está encarnado. África encierra en sí misma el futuro del francés. No es poca cosa, y vale la pena reflexionar sobre ello. ¿Por qué los países africanos, y por supuesto los demás países francófonos que lo deseen, no tendrían un lugar en Villers-Cotterêts para presentar su paisaje lingüístico? Pues las lenguas de África, junto con el francés (y el inglés, el portugués, el árabe y el español), forman un paisaje sublime que hay que cuidar con amor de jardinero. Ciertamente algunos ya han pensado en ello.

Un poco de historia

Hay otra pequeña sala al lado que podría perderse fácilmente: «De Luis el Germánico a Senghor» (pág. 122 a 131). Vaya, vaya. En 842, Luis el Germánico y Carlos el Calvo, nietos de Carlomagno, intercambiaron los Juramentos de Estrasburgo. Carlos los leyó en tudesco, antepasado del alemán, y Luis ante las tropas de Carlos en una lengua que ya no era el latín sino el romance, que los lingüistas consideran el antepasado del francés. Así pues, siete siglos antes de la ordenanza de Villers-Cotterêts, los Juramentos constituyen la primera manifestación de un documento oficial en francés, que no es el francés moderno, ni siquiera el
francés antiguo, pero que ya no es el latín. Por lo que la historia del francés, si es que puede fecharse el nacimiento de una lengua, comenzó unos siete siglos antes de la ordenanza de Villers-Cotterêts3.

Lo que nos dice esta sala es que la historia de la lengua francesa es muy anterior a la historia del reino de Francia, que se convertiría en Francia.

Por ejemplo, cuando Guillermo el Conquistador se apoderó de la corona de Inglaterra tras su victoria en Hastings en 1066, fue francés lo que exportó, «la variante septentrional del francés antiguo», según la expresión feliz de Bernard Cerquiglini4 . Conviene recordar que Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, no era rey de Francia, lo que significa que —por si había alguna duda— contrariamente a la leyenda de finales del siglo XIX del francien y aún hoy tan extendida en la mente de la gente, el francés existía independientemente del reino de Francia y antes de que este lo convirtiera en su lengua oficial.

Esto nos lleva a relativizar la importancia de la ordenanza. Aunque se trata de una innovación jurídica importante —principio del derecho a la legibilidad de los textos jurídicos y administrativos, reinvención del concepto de lengua oficial tras el código del emperador bizantino Justiniano publicado en 529 y 534—, desde el punto de vista lingüístico confirma una evolución ya muy avanzada y se inscribe en una continuidad que verá surgir el francés clásico y después el francés moderno tal como lo conocemos hoy.

Como muy bien explica Jacques Chaurand5, la influencia del francés en el siglo XII —tres siglos antes de la ordenanza— debía mucho más a las cortes de los Plantagenet y de los duques de Borgoña y Champaña que al reino de Francia.

Además de en Inglaterra y en el oeste de la actual Francia, el francés se hablaba en Henao, Borgoña, Saboya, Italia, Venecia, Nápoles y hasta en el Oriente Próximo. Por supuesto, esto solo se aplica a los literatos, poetas, escribas, abogados, la aristocracia y la burguesía, porque siempre es a través de la «élite» que se difunden las lenguas.

Sin embargo, la vitalidad del occitano era innegable. Aunque el occitano de los trovadores, que floreció en la corte del conde de Toulouse, entró en decadencia tras la Cruzada Albigense (1209-1229), y al igual que el rey de Francia no impuso el francés en la administración del Languedoc tras su anexión al dominio real (1271), pudo mantenerse, según Alain Rey6, como lengua administrativa y jurídica, a menudo junto al latín, hasta el siglo XVI. No obstante, tras el final de la Guerra de los Cien Años, se vio sometida a una fuerte presión por parte de los franceses del norte.

En el siglo anterior a la ordenanza de Villers-Cotterêts se multiplicó el número de cartas y documentos jurídicos y administrativos en esta lengua. Y cuando la ordenanza entró en vigor, la lengua francesa aún no estaba normalizada y sufría numerosas variaciones. La normalización comenzó más tarde, a partir del siglo XVII. Una aclaración muy importante: se refiere a la «lengua materna francesa», es decir, la lengua que se habla. Por consiguiente, la cuestión de si la ordenanza, aunque guiada por el deseo de poner fin al uso del latín en los textos jurídicos en el reino de Francia, habría tenido como efecto la destrucción de las lenguas regionales —cuestión que ronda muchas mentes—, sería pura y simplemente incongruente, al igual que la idea de establecer un vínculo entre la ordenanza y el informe del abate Grégoire a la Convención7.

En la sala dedicada a la ordenanza y en el material pedagógico elaborado por artips.fr, capítulo V, «Historia del francés», hay algunas formulaciones sorprendentes. Por ejemplo:

                      Título: El francés sustituye al latín
                      Retrocedemos en el tiempo: Francisco I impone su lengua.
                      1539. En aquella época, no todos los habitantes del reino de Francia hablaban la misma lengua:
                      cada región tenía la suya propia. A pesar de ello, el uso del francés, la lengua del rey, comenzó a extenderse hacia el norte.

Esto no es historia, sino leyenda.

Recién expresamos que el francés preconizado por la ordenanza es «la lengua materna francesa» y que el francés hablado en la Corte y en sus alrededores es el francés adoptado por el rey. Que lo haya hecho «su lengua», puede decirse así. Pero que «impuso su lengua» es un poco desmedido. Además, cuando todas las cortes europeas hablaban francés en el siglo XVIII, no era el rey de Francia quien se lo imponía, sino que eran las propias cortes quienes lo elegían. Y en cuanto a «cada región tenía su propia lengua», es una visión muy contemporánea. Con la excepción del bretón y el vasco, la imagen de la Francia lingüística de la época de Francisco I es más un fundido encadenado que un mosaico.

Dejémoslo ahí, no todo puede ser perfecto.

Un poco de filosofía

Si se busca en los rincones, donde probablemente no vaya el gran público, se pueden encontrar otras sorpresas en Villers-Cotterêts, en particular con el cuestionario que todavía ofrece artips.fr a los profesionales en su capítulo I, pág. 1: «Para empezar, ¿qué es una lengua? Es lo que utilizamos para comunicarnos ». Lo mismo puede decirse de un teléfono inteligente. Podríamos continuar: ¿Qué es el agua? Es lo que usan los peces para nadar. ¿Qué es el aire? Es lo que usan los pájaros para volar, y así sucesivamente. La lengua reducida a una herramienta: eso es todo lo que se necesita para justificar la difusión del globish y el enfoque totalmente inglés.

«Todo el mundo piensa así», ¿diría usted? Precisamente porque «la gente» piensa así es que tenemos que huir de este tipo de simplificaciones. Si tiene tiempo de leer Le livre d'une langue, pág. 30, por fortuna
encontrará justo lo contrario de la pluma de Barbara Cassin y Xavier North: «No es fácil describir una lengua —es decir, una cultura, una idea, una historia, las mujeres y los hombres que la hablan— y contarla
en un solo pasaje».

¿Y el plurilingüismo?

Ya se trate de la Délégation générale à la langue française et aux langues de France (Delegación General de la Lengua Francesa y las Lenguas de Francia), de la Organisation internationale de la Francophonie
(Organización Internacional de la Francofonía) o de los discursos del presidente de la República, el plurilingüismo va de la mano de la lengua francesa.

Su visión de la lengua se libera del monolingüismo y la CILF apuesta decididamente por el plurilingüismo. El plurilingüismo es una concepción moderna de la lengua y un humanismo. Cuando abrazamos el plurilingüismo, estamos defendiendo la diversidad cultural, empezando por la diversidad lingüística.8 Nos situamos en «más de una lengua», según la expresión de Derrida retomada por Barbara Cassin. El autor de estas líneas, para quien esta es una de las principales batallas, desearía que esta dimensión se desarrollara en Villers-Cotterêts. Necesitamos pequeñas Villers-Cotterêts en otras partes del mundo, en la francofonía en particular. Aún estamos a tiempo. Enhorabuena por Villers-Cotterêts 1.0. Es un gran comienzo. ¿Y si la cumbre del próximo octubre desemboca en una Villers-Cotterêts 2.0? Entonces no hay tiempo que perder.

Christian Tremblay, presidente del OEP

1 Heinz Wismann, 2024, Lire entre les lignes, Albin Michel
2 Le livre d’une langue, bajo la dirección de Barbara Cassin, con Xavier North, Zeev Gourarier y Hassane Kassi Kouyaté,
Editions du patrimoine, Centre des monuments nationaux, Paris, 2023
3 Para más detalles, véase Que sais-je? de Bernard Cerquiglini, Naissance du français, PUF, 1991 y, también de Bernard Cerquiglini, L'invention de Nithard, Editions de minuit, 2018, así como la novela de Pascal Quignard Les larmes, Grasset & Fasquelle, 2016, sin olvidar Nouvelle histoire de la langue française, editada por Jacques Chaurand, Editions du Seuil, 1999, pp. 26 a 34, y 1000 ans de langue française, histoire d'une passion, editado por Alain Rey, Editions Perrin, 2007, p.86 a 98.
4 Bernard Cerquiglini, 2024, « la langue anglaise n’existe pas », c’est un français mal prononcé, Gallimard, p.92.
5 Ibid. P. 98-99
6 Ibid. P. 369-376
7 Rapport sur la nécessité et les moyens d’anéantir les patois et d’universaliser l’usage de la langue française, Convention nationale, 1794.