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¡Es la cultura la que da sentido a Europa!

Entre 2004 y 2007, diez países que antes formaban parte del Pacto de Varsovia, Yugoslavia y la URSS se incorporaron a la Unión Europea en el plano político, pero en lo militar fue a la OTAN –el brazo armado del Pacto del Atlántico, bajo mando y armamento estadounidenses– a donde se adhirieron. Las negociaciones, siguiendo normas lingüísticas no escritas en ambas organizaciones, se llevaron a cabo en inglés, lo que consolidó la supremacía de esta lengua en el funcionamiento y las expresiones públicas de las instituciones europeas, a pesar de que solo una minoría la tiene como lengua materna.

A pesar de la Carta cultural europea de 1954, las culturas y lenguas del continente dejaron de ser una prioridad para los europeos.

 

Todavía se recuerda aquel 1971 que Henry Kissinger proclamó como el «Año de Europa», coronado con una nueva Carta Atlántica que ningún dirigente europeo conocía. La respuesta europea, entonces un grupo de solo nueve países, fue una declaración sobre la identidad europea promovida por el muy europeísta primer ministro británico Edward Heath, en colaboración con Georges Pompidou y su ministro de Asuntos Exteriores, Michel Jobert. Esta «Declaración de Copenhague», aprobada en la cumbre del 14 y 15 de diciembre de 1973, cayó pronto en el olvido, aunque merece ser recordada con algunos de sus pasajes:

 

Deseosos de garantizar el respeto de los valores jurídicos, políticos y morales que les son propios, decididos a preservar la rica diversidad de sus culturas nacionales y unidos por una visión compartida de la vida basada en la voluntad de construir una sociedad orientada al servicio de las personas, los Nueve se comprometen a defender los principios de la democracia representativa, el imperio de la ley, la justicia social –como fin del progreso económico– y el respeto de los derechos humanos, elementos fundamentales de la identidad europea...

Esta variedad de culturas dentro de una misma civilización, este apego a valores y principios comunes, esta convergencia de visiones sobre la vida, esta conciencia de compartir intereses específicos y esta voluntad de participar en la construcción europea otorgan a la identidad europea su carácter único y su dinamismo propio.

Los cambios en el mundo y la creciente concentración de poder y responsabilidades en manos de un número muy reducido de grandes potencias exigen que Europa actúe unida y, cada vez más, con una sola voz si quiere hacerse oír y desempeñar el papel que le corresponde a escala mundial. Los Nueve, que se han propuesto como objetivo esencial mantener la paz, nunca lo lograrán si descuidan su propia seguridad. Quienes forman parte de la Alianza Atlántica consideran que, por ahora, no existe una alternativa viable a la protección que brindan las armas nucleares de Estados Unidos y la presencia de fuerzas norteamericanas en Europa; y coinciden en que, dada su relativa vulnerabilidad militar, Europa debe, si quiere preservar su independencia, cumplir con sus compromisos y esforzarse de forma constante por disponer de una defensa adecuada.… No puede haber una paz verdadera si los países desarrollados no prestan mayor atención a los pueblos menos favorecidos. Convencidos de ello y conscientes de sus responsabilidades y obligaciones particulares, los Nueve otorgan una importancia capital a la lucha contra el subdesarrollo en el mundo y a reforzar la cooperación internacional con ese fin.

En 1992, el Tratado de Maastricht dejó fuera toda dimensión cultural. Esta reapareció tímidamente en el año 2000, con la Carta de los Derechos Fundamentales del 18 de diciembre de ese año, cuyo artículo 22 señala: «La Unión respetará la diversidad cultural, religiosa y lingüística».

Esta tímida luz cultural se recoge más tarde en el Tratado de Lisboa de 2010, aunque ya sin mención a la religión:

«La Unión respetará la riqueza de su diversidad cultural y lingüística, y velará por la salvaguarda y el desarrollo del patrimonio cultural europeo». (Artículo 3 del Tratado de Lisboa)

Pero no es concebible una visión política sin fundamentos culturales y, por tanto, lingüísticos. Solo a través de las lenguas y las culturas puede Europa tener conciencia de sí misma. Lo cierto es que, históricamente, los países europeos han invertido buena parte de su energía en enfrentarse entre sí antes de exportar sus conflictos al resto del mundo. Aquello, paradójicamente, fue el caldo de cultivo que permitió conocerse mejor y, tras haber rozado el abismo, aspirar a una cierta forma de sabiduría política. Ese es su verdadero y nuevo fondo cultural.

El estado actual del mundo obliga a una nueva toma de conciencia. Vivimos una aceleración de tendencias que ya se vislumbraban desde hace tiempo.

Desde hace décadas se sabe que los intereses estratégicos y económicos de Estados Unidos se alejan cada vez más de Europa. La Francia del general De Gaulle fue la primera en poner en duda la fiabilidad del escudo estadounidense y eligió, no sin vacilaciones, titubeos y renuncias, el camino de la soberanía. La mayoría de los países europeos, en cambio, han preferido alimentar la ilusión de un protectorado que se muestra cada vez menos protector. El alineamiento con la bandera de las barras y estrellas y el seguidismo cultural respecto a las modas estadounidenses actúan como fondo cultural sustituto.

La desconexión estratégica tiene además una base en la geografía física y económica. Cuando Estados Unidos entra en guerra –y lo hace casi de forma continua– siempre lo hace fuera de su territorio.

Y eso no es todo.

Todos los países europeos son laicos en el sentido de que respetan todas las religiones, pero mantienen una separación clara entre la práctica religiosa y la vida pública. En Estados Unidos, en cambio, el presidente jura el cargo sobre la Biblia y las reuniones del gabinete se abren con una oración. Esa religiosidad –que no es religión como tal, pero impregna la vida cotidiana– es una característica muy extendida. Pero ¿cómo explicar que la relación con la verdad y con la ciencia sea cada vez más difusa? Esta tendencia, alimentada por las redes sociales, afecta a todas las sociedades, pero en Estados Unidos ha alcanzado niveles alarmantes que tocan incluso el corazón de sus instituciones.

Allí se han lanzado auténticos autos de fe digitales contra laboratorios y editoriales científicas, después de criticar las supuestas restricciones europeas a la libertad de expresión. Se dictan directrices sobre los conceptos que deben prohibirse o promoverse, se envían pequeños «guardias rojos» a librerías y bibliotecas públicas o escolares para decidir qué obras deben censurarse y cuáles recomendar.

Todo ello anticipa otro tipo de sociedad. La neolengua de 1984 de Orwell ya no parece una ficción. Los países europeos deben oponerse con firmeza a estas derivas tan nocivas, una verdadera amenaza para la civilización que representan. ¿Están en ese camino? Esa es una pregunta clave.

Europa también ha establecido, aunque con dificultades, una separación entre el poder económico y la responsabilidad política. No siempre se respeta, pero sí está recogida en las leyes, imperfectas pero suficientemente claras como para dar sentido a conceptos como corrupción, conflicto de intereses o transparencia.

Nada similar existe en Estados Unidos, donde –según el Nobel Joseph Stiglitz– la democracia adopta una forma caricaturesca cuando un dólar equivale a un voto. Un presidente que manipula la bolsa, especula en redes sociales o promociona directamente una marca de coches de la que su asesor más cercano es también director ejecutivo… Los antiguos griegos llamaban a eso plutarquía.

Nuestros sistemas sociales han divergido enormemente. Ya no son variantes de un mismo modelo. Aunque en Europa hay quienes fantasean con desmontar los sistemas de protección social, nadie en su sano juicio podría poner como ejemplo a un país con uno de los sistemas sanitarios más caros y menos eficaces del mundo, donde la mortalidad infantil (6,3) duplica la media de la Unión Europea y supera en un 30 % la de Rusia o Canadá (4,89), y donde la esperanza de vida (76,4 años) es cinco años menor que en la UE (81,2).

Cuando el presidente Trump decide establecer el inglés como única lengua oficial de Estados Unidos y elimina el español del sitio web de la Casa Blanca, la embajada de España no tarda en reaccionar.

Las lenguas oficiales –según lo estableció la tradición desde el Código de Justiniano (529-534) y la Ordenanza de Villers-Cotterêts (1536)– existen para facilitar la relación entre la ciudadanía y los poderes públicos. Por eso en algunos países hay varias lenguas oficiales. Así ocurre, por ejemplo, en la Unión Europea, que reconoce 24. Estados Unidos, país de inmigrantes por excelencia, no tenía hasta ahora lengua oficial a nivel federal. Imponer el inglés como única lengua equivale a excluir a los ciudadanos cuya lengua materna es la segunda más hablada del país. Es una legislación excluyente. La Linguistics Society of America denunció esta medida en una declaración firme, publicada en el sitio web del Observatorio Europeo del Plurilingüismo1.

¿Estamos ante una mala racha pasajera? Algunos aún aferrados a viejos esquemas atlantistas creen y esperan que así sea. Muchos estadounidenses también lo desean. ¿O es más bien un cambio profundo y duradero en la naturaleza misma de la sociedad y la democracia estadounidenses? Muchos analistas temen que así sea.

Aquí se habla sobre todo de Estados Unidos porque es con este país con el que se está produciendo un cambio de paradigma global, geoestratégico y cultural. Con China no hay misterio: ya no es un país en desarrollo ni siquiera emergente. Los papeles se han invertido. Ha tomado la delantera en muchos ámbitos tecnológicos e industriales. Rusia, a pesar de la guerra en Ucrania, es un rival de segundo orden en lo geoestratégico y, en términos de valores, forma parte de esa «internacional reaccionaria» en la que coinciden las extremas derechas estadounidense, europea y rusa, divididas únicamente por sus nacionalismos y antagonismos históricos. Pero más allá de Estados Unidos, China y Rusia está el resto del mundo: 5 600 millones de personas, de las cuales 1 400 millones viven en África, nuestros vecinos más cercanos.

La acumulación de todos estos hechos debería acelerar una toma de conciencia europea que, hoy por hoy, es débil y titubeante.

En cualquier caso, vivimos un momento crucial para Europa, en su relación con Estados Unidos, pero también con el resto del mundo. O los europeos se reconocen a sí mismos como actores en un mundo que ha cambiado, asumiendo su unidad cultural de fondo y su diversidad como una fuerza, o serán desgarrados y sometidos, y esa subordinación será profunda y duradera.

Durante un debate organizado el 26 de noviembre de 2011 por el periódico Libération, junto a Umberto Eco, bajo el título ¿Puede la cultura dar sentido a Europa?, el escritor llegó al meollo de la cuestión:

«La unidad cultural de la que hablo es algo intangible, que no siento cuando estoy en Europa... Pero todo cambia en una fiesta, una recepción en Nueva York… después de medianoche, en un congreso, empezamos a hablar entre europeos y descubrimos que tengo más en común con un sueco que con un estadounidense. Descubrimos que somos europeos, y entonces esa unidad impalpable se revela...», una unidad que se expresa de forma admirable en la filosofía, las artes, el cine y la literatura.

Solo una conciencia clara de una unidad cultural plural, basada en el plurilingüismo y en la diversidad lingüística asumida, puede reforzar esa unidad intangible con todas sus implicaciones políticas y geopolíticas.

Es, sin duda, una cuestión existencial para los europeos.

1https://www.observatoireplurilinguisme.eu/les-fondamentaux/politiques-linguistiques/17948-lsa-statement-against-designating-english-as-the-official-language; https://www.observatoireplurilinguisme.eu/les-fondamentaux/politiques-linguistiques/17931-l-anglais-va-devenir-la-langue-officielle-des-%C3%A9tats-unis

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