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Reflexiones sobre las implicancias lingüísticas del Brexit

Habrá Brexit. Como lo explicó la primera ministra británica, se trata de una elección política de la mayoría del pueblo británico que se debe asumir, sea aprobada o rechazada.

Está muy claro que el Brexit no repercutirá en el panorama mundial del inglés. El inglés es la segunda lengua más hablada, después del chino, y la que más se aprende, muy por delante del francés y el español. No hay razones que provoquen un cambio significativo de esta situación.

Pero, ¿es la pregunta indicada? Si bien muchos la plantearon en estos términos, la pregunta no debería ser por la suerte del inglés en el mundo, sino por la posición del inglés como una de las lenguas oficiales de la Unión Europea.

No se elige una lengua oficial por estadísticas mundiales, sino por la población del país.
Así, Bélgica tiene tres lenguas oficiales: francés, holandés y alemán. Suiza tiene cuatro: alemán, francés, italiano y romanche. A veces, algunas lenguas son oficiales a nivel local: en España, el catalán, el vasco y el gallego son lenguas oficiales junto al castellano en Cataluña, el País Vasco y Galicia, respectivamente; pero en Andalucía no son oficiales. Sudáfrica tiene once lenguas oficiales, aunque solo dos lo son a nivel federal. Algunos Estados no tienen formalmente lenguas oficiales, y las lenguas principales ofician de lenguas oficiales.

Las reglas internas de cada país determinan las lenguas oficiales. Dentro de la Unión Europea, las reglas las fija el reglamento 58/1, y específicamente, el artículo 8, que dice: “Respecto de los Estados miembro donde existen muchas lenguas oficiales, se determinará el uso de la lengua, por pedido del Estado interesado, según las reglas generales que establece la legislación de dicho Estado”.

Las reglas para Europa no son la suma de las reglas internas de cada Estado. De esta manera, cada Estado miembro está representado dentro de la Unión Europea por una sola lengua. El empleo del singular en el artículo 8 no es azaroso. Si la regla hubiese sido que las lenguas oficiales de la Unión Europea quedaban a criterio de cada Estado o que las lenguas oficiales eran las lenguas oficiales de los Estados miembro, se habría redactado el artículo 8 de otra forma. Por lo tanto, cada Estado elije una lengua oficial, y no dos o más. Así, Irlanda optó por el gaélico y Malta, por el maltés. No existe ningún acto formal que determine que uno de estos dos Estados miembro deba elegir el inglés.

Cada vez que se agrandó la Unión Europea, la lista de las lenguas oficiales se completó basándose en el artículo 8. Como nunca ocurrió que un Estado miembro se retirara, el Brexit nos pone frente a una situación inédita. Surge la pregunta por la actualización automática o no de la lista del artículo 1. Si la actualización no es automática, se debe efectuar por el voto unánime del Consejo Europeo. Imaginemos que Malta decide retirarse de la Unión Europea, ¿haría falta el voto unánime del Consejo para sacar el maltés de la lista de lenguas oficiales? Y quizás sería necesario un voto unánime para saber si este asunto se resuelve de forma unánime o si se aplica el principio del automatismo: ¿si un Estado miembro se retira, puede una lengua oficial sobrevivir como tal?

La elección de las lenguas oficiales es eminentemente política, sea en el plano nacional, federal, en el de una organización internacional, o incluso en el de una organización sui géneris como la Unión Europea, confederal en algunos aspectos y federal en otros. Si se formularon reglas de derecho, no es por razones que obedezcan a una especie de justicia inmanente, sino por razones que, en sí mismas, son fundamentalmente políticas.

Cuesta creer que el inglés continúe como lengua oficial de la Unión Europea luego del retiro del único Estado miembro que, en lo formal, tiene esta lengua como lengua oficial. Resultan aún menos creíbles los que argumentan que el inglés es la lengua de los Estados Unidos y una de las más habladas del mundo.
Con respecto a la idea de la transformación del inglés en una lengua “neutra”, como resultado de la partida del Reino Unido, y en base a eso, en la única lengua oficial de Europa, esto equivaldría a mandar a Europa a la esfera de la inexistencia absoluta. No hay dudas de que éste es el interés de las potencias extranjeras a las que les molesta que Europa aspire a la independencia. En cuanto a los pueblos europeos cuya única preocupación es que la Unión Europea los reconozca, sin importar sus propias naciones, sería al contrario un camuflaje de tropa y, seamos claros, la pena de muerte de la idea europea. La ley lingüística fundamental de los padres fundadores de Europa era el plurilingüismo, y así debe seguir.

La única forma de que el inglés permanezca como lengua oficial es que Irlanda o Malta renuncien respectivamente al gaélico o al maltés y opten por el inglés, según reglas constitucionales internas.
¿Cuáles serían las consecuencias de que el inglés ya no fuese lengua oficial de la Unión Europea?
Por sí mismo, el Brexit provocará una reducción del número de funcionarios británicos, aunque no se hará en un solo día. Sabemos que los funcionarios de la Unión Europea, británicos o no, son ante todo funcionarios europeos que no representan a su país. En todo caso, ya no habrá comisarios británicos y no podrán acceder a los cargos de mayor responsabilidad.

Sin dudas, que el inglés deje de ser lengua oficial no quiere decir que desaparecerá del uso, ya que en algunos ámbitos todavía se lo usará, aunque su predominio ya no será tan arrollador como en la actualidad.

Pero, más allá del futuro del inglés como lengua oficial, deberán cesar, en beneficio de un plurilingüismo razonable, reglas no oficiales y, dicho de otro modo, malas costumbres que son prácticas discriminatorias, como la redacción en inglés de más del 90% de los textos, las solicitudes de empleo y de proyectos, y las consultas públicas, que muchas veces solo aparecen en inglés.

El principio fundamental de la accesibilidad lingüística, sostén del principio de transparencia, debería ser oficialmente reconocido para todo lo concerniente a la comunicación con los ciudadanos. Es inútil hablar de “Europa de los ciudadanos” si no se respeta este principio.

La negociación del Brexit no se puede hacer en inglés, porque Europa no negocia con un país miembro, sino con un país que pasará de ser miembro a socio. Es un contexto de negociación y no una reunión interna de la Unión Europea. Negociar en la lengua del que se marcha sería una total incongruencia y una marca de debilidad. Lo mínimo indispensable es que se usen las lenguas de cada uno de los negociadores.
Junto con esta vuelta al equilibrio, que no sería más que una vuelta a los orígenes de Europa, es necesario que los países relancen políticas educativas de diversificación lingüística, no para excluir al inglés, sino para que las lenguas europeas recuperen el lugar perdido.

Solo así, la diversidad cultural y lingüística de sus miembros será, ya no una realidad asfixiante sino una riqueza liberadora. ¡Ojalá que exista voluntad política!